El desfile de modelos
José Alonso Morales
Llegué al “Alonso
Quesada” en el curso 86-87 y venía de Madrid donde estuve cuatro años en
excedencia. Uno de los cursos que me tocaron fue un COU. Era una clase del viejo edificio al fondo de la primera planta con ventanas
para atrás. Serian unas veinticinco personas entre chicos y chicas. Abundaban las alumnas. Una de ellas, en
primera fila, mientras yo hablada de
Aristóteles, se hacia la manicura y me decía que “lo recogía todo”. Yo
pensaba en lo que diría el gran filósofo
si hubiese visto eso en su Liceo.
Yo
quería hacer algo con aquella gente y no quedarme sólo en un trabajo de aula.
Me preocupaba que se aglutinaran como grupo, que se interesaran por algo más
allá de los fines de semana, algo, lo que fuera. Les hacía propuestas y se
quedaban insensibles. Hicimos una excursión pero se quedó sólo en eso. Un día
una de las chicas hizo la propuesta de
hacer un desfile de modelos para reunir fondos para el viaje de final de curso.
Causó furor. Ella tenía un familiar con
una boutique, el tío de otro tenía una peletería y así fueron apareciendo todos los elementos. Fuimos a la
búsqueda del local y tuve que acompañar a un grupo para convencer al encargado
de la Discoteca
“El Coto” en los bajos del Hotel Cristiana
que ahora es el Meliá. Mi coche sirvió
para trasladar los trajes, luego los zapatos y hasta las pelucas. Nunca me había
visto en tales afaires. El local se nos llenó: los abuelos de las debutantes
los primos, los tíos, los hermanos pequeños y así el total de Instituto. Fue un
éxito Allí puede contemplar a mis alumnas como pasaban por la pasarela
improvisada, moviéndose y contoneándose sobre sus caderas, deslizando los
brazos por entre las sedas y dando un parón enérgico cara a cara con el público
que no pestañeaba. La música, los focos, las penumbras y los aplausos desaforados. Todo esto con el miedo que se estropeara un traje, que se
rozara un zapato o se quemara una peluca, me sentía más como telonero o atrezzo
que disfrutando del espectáculo.
Por fin todo salio, mi coche volvió a
repartir el material utilizado y se dio el primer paso de cara a hacer una
clase más “movida” con la actividad que jamás había diseñado ni como posible.
Al final el
dinero del viaje no fue mucho y terminamos en una merienda en la playa de las
Canteras al final del curso.
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