José Alonso
Morales
Durante más de un año la silla de ruedas
ha sido para mí el pupitre donde he aprendido sin libros y sin apuntes. Ahí he
cursado durante un año largo una de las
carreras más apasionantes de mi vida. Había estudiado Teología en el Seminario,
Filosofía en varias universidades, estuve trabajando la tesis doctoral que no
terminé porque elegí otras tareas en ese momento. La carrera más apasionante ha
sido la cursada desde mi silla de ruedas. No tengo título, ni diploma, ni
notas, como mucho, los partes médicos,
pero dentro de mí, se ha marcado una experiencia luminosa. He recorrido,
despacito, un camino largo, chocando con las puertas, con el resto de los
muebles, con los mismos libros que se caían en los lugares más inoportunos y
que evocaban las dificultades que hacían crecer y madurar. Así, poco a poco, he
recorrido este currículum “oculto” y este itinerario invisible lleno de
competencias básicas, valores y actitudes.
He aprendido a ver el tiempo de otra
manera. Ya no hay reloj. Cuando entré en la
clínica me di cuenta que allí el ritmo del tiempo es distinto. Se olvidan los
cómputos de semanas y horas y apenas se entera uno del discurrir de los días. Se
olvida el ponerle nombre a las mañanas, se acabaron las prisas, la agenda
repleta, el colocar cuatro actividades una tras otra. Se comienza a vivir y, así
la vivo ahora, desde otra dimensión: el tiempo de la espera y la sorpresa. Las
cosas no dependen de uno mismo sino de los que nos rodean, del médico, de la
enfermera, de los acompañantes. Así, me he ido situando en la paciencia serena
de la espera. Lección no fácil de aprender en la vida de cada día caminando con
las dos piernas. Los acontecimientos llegan como sorpresa, cuando menos se
esperan: las visitas que no he programado, la medicación que no he elegido, el
momento de iniciar rehabilitación que no he decidido, los diferentes ritmos de
recuperación que no los puedo violentar sino simplemente acoger. Así me he
convencido de que no soy el dueño del tiempo. El tiempo aparece entrelazado con
las personas, sus cercanías y su encuentro. Se me dijo que el tiempo tenia que
ver con el movimiento de los objetos físicos y en referencia a un ahora y un
después. También aprendí que eran unos condicionamientos
de nuestra propia sensibilidad, que no era exterior a nosotros y luego se vinculó al acontecer de nuestra
conciencia interior. El fluir del tiempo es algo distinto entrelazado en la
relación con los otros, con los que nos rodean. Así he aprendido a ser paciente
y a situarme a la espera de sorpresas en los diferentes momentos de mi vida.
Siempre es posible algo nuevo, siempre
es posible un renacimiento, siempre hay una respuesta pendiente a las preguntas
aun no contestadas. Se dice repetidamente en la tradición de Israel que el
Mesías llega cuando menos se espera y por eso la vida y el tiempo es estar a la
escucha de cualquier anuncio de buena nueva.
Ha
aprendido mucho de la cercanía y disponibilidad de las personas. Me he sentido
servido hasta en lo más mínimo e imprescindible, en lo más básico. Con una
experiencia de este tipo se caen por el suelo todas las autosuficiencias defendidas
a capa y espada. Me suena lejano lo que muchos filósofos han escrito sobre la
autonomía del ser humano, la no dependencia, la alergia a la heteronomía. Todo
lo que he discutido en torno a la clausura
en el “sí mismo” se desmantela con este aprendizaje en la silla de ruedas.
Todos somos dependientes unos de otros, somos como una red en la que los hilos se entrelazan perfectamente. Yo he
dependido de manos tendidas, de brazos
que me levantan de la silla, de los que me alcanzan los libros del estante, y
al calor del dialogo, cariño y ternura de una multitud de amigos y amigas me he
sentido envuelto en la experiencia compasiva donde se genera realmente la
condición humana.
La experiencia del dolor troquela y cincela
nuestro corazón desde lo más profundo de sus raíces. Somos seres vulnerables
permanentemente, y no lo asumimos como parte de nuestra masa hasta que nos arañe en alguna parte de nuestras entrañas
las uñas rígidas del sufrimiento. En esa herida sentida en propia carne o en nuestras manos que tocan al hermano
doliente, nos hacemos realmente personas morales, seres humanos, prójimos, cercanos.
Asì nace la misericordia desde lo más hondo de nuestro ser y se derrite la
dureza de nuestras entrañas. Esta experiencia me ha hecho sentirme responsable
del dolor del mundo, no como ejecutor sino en el imperativo de responder por él
desde mis posibilidades. He experimentado en mi carne el dolor de la inactividad, la indolencia del
aparcamiento en la vida, el estancamiento en paro permanente y así he comprendido
la situación de tantas personas que están en las listas para un trabajo que no
llega y permanecen mano sobre mano al vaivén de la imaginación de un futuro clausurado.
He sentido el desarraigo de miles de gitanos que en estos días le han
desmantelado sus hogares en Francia, he vivido el desgarrón de gente que pulula
por nuestras ciudades con el estigma del sida casi avisando, al menos en su
conciencia, el “¡soy leproso!” del relato evangélico. A mi sensibilidad le han
arrancado la piel que la resguardaba para dejarla en carne viva ante el dolor de los seres
humanos.
He sentido cómo los acontecimientos han
ido troquelando y madurando todos los rincones de mi ser. Siempre que he salido
de una experiencia de dolor he vivido la sensación de que he madurado. Nunca el
sufrimiento ha sido mayor de lo soportable, mi cuerpo ha ido respondiendo desde
sus reservas que muchas veces no sabía ni que existían y como resultado de esa
criba se han ido depositando en el fondo de mi existencia pequeñas montañas de
trigo preparado para el pan.
Ha habido momentos en que se ha borrado
el horizonte que circunda mi vida, se abría un vacío bajo mis pies y los porqués se quedaban sin respuesta. Me dio
mucho miedo recitar una oración que siempre me ha llegado dentro: “Padre
me pongo en tus manos haz de mi lo que quieras” Ha sido muy a cuesta
arriba como logré rezarla de corazón y no pasando sobre ella como de puntillas.
He aprendido a fiarme del Señor que conduce mi vida, he desmantelado el
espantajo que hemos construido de Dios y se me revela ahora como el Gran Pedagogo.
El Jesús sanador- compasivo que andaba por los caminos de Galilea ha sido lo
que ha serenado todo mi proceso. El ha hecho que las fuerzas desencadenadas en
los huesos, corazón, y órganos de mi cuerpo se hayan convertido en puntos
dinámicos de nueva vida. Si ahora tuviera que quitar alguna pieza del puzzle de
mi historia personal no quitaría ninguna. Todas han aportado algo en el tejido
de mi historia personal. He aprendido a cortar y pegar a acoplar a dar color y hasta querer toda mi
existencia.
Cuando veo mi silla de ruedas, compañera
durante un año y tres meses, a quien ya
quiero como un regalo, pienso todo lo que desde ella he aprendido y se aviva en mí
lo que siempre me enseñaron: lo que se recibe gratuitamente es para
darlo gratuitamente. Esto me ha impulsado a desnudar mi alma y hacerla para todos
como apuntes compartidos y así en la lectura comunicada de nuestros rincones
ocultos madurar las dimensiones de nuestro corazón.