viernes, 2 de enero de 2015

Mis primeros pasos

Mis primeros pasos

José Alonso Morales
19 de Septiembre 2010.
47 aniversario de mi Primera Misa.

Estoy ahora aprendiendo a dar los primeros pasos después de un año y dos meses en silla de ruedas o ayudado con muletas y una pierna colgando  sólo acariciando el suelo. Me siento comenzando de nuevo a caminar. ¿Sería  mi último tramo de caminata por la vida?  Seguro que sí.

Con las muletas agarradas hasta los codos y rígido de precaución voy poco a poco  aprendiendo a caminar de nuevo. Se pierde, por no practicarlo, ese arte que inicié desde los brazos de mis padres y el aplauso de la familia. Ahora cuando comienzo a ver las cosas otra vez  desde arriba, surgen en mí, evocaciones y deseos de marcar una hoja de ruta.

Quiero que se verifiquen en mí, las palabras de Isaías:
“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres  noticias, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación” (Is.52,7)

Quiero caminar hacia los lugares donde pueda consolar, escuchar, compadecer,  servir, amar y ser anuncio de ánimo y  esperanza  y así realizar el deseo del salmo: ”caminaré en presencia del Señor”

Quiero guiar mis pasos con luces que, aunque no lo pongan todo claro, (eso es imposible), me vayan orientando y dando pistas para yo seguir buscando por mi cuenta y madurando, también a mi edad, por el camino de la vida.

Quiero dar  mis pasos serenamente, dispuesto, pero no con la firmeza de botas de guerra o pisadas  rítmicas de seguridades impuestas o poniendo puntos finales a todos los textos que encuentro a mí paso.

Quiero  caminar con el convencimiento de que junto a mí, codo con codo, alguien me acompaña. He vivido, y aún lo vivo, la ayuda de los otros y el cuidado para que no resbale ni me caiga. Deseo seguir  experimentando, aunque de otra manera, la compañía y el cariño de los  amigos/a y de los hermanos/as.

No me gustaría cansarme antes de tiempo sino que, sin resistirme al ciclo vital de mi existencia, apurar el esfuerzo hasta el final. Si hay que caminar diez kilómetros que no me siente en los ocho o nueve por desánimo o falta de ilusión.

Quiero poner los pies en las huellas del Galileo que pateó los campos de su tierra detrás de los pobres, marginados y mal vistos, ofreciendo alegría y buena noticia y así realizar el mandato que he cantado y he sentido tantas veces: ”Ve por el mundo, dile a la gente, que el amor de Dios no acaba, ni la voz de Dios se pierde”

Quiero ir contemplando por el camino todas las presencias, voces, llamadas, músicas, sintiendo las chinitas que me pone el Dios Viviente que, como la columna de nube por el desierto, está siempre junto a mí.

Quiero tener pies de samaritano por el camino de Jericó, de discípulo junto al mar de Galilea, de Cirineo en la subida del Calvario o hijo pródigo que retornó al Padre.

Quiero orientarme por donde he de avanzar y no por vericuetos, veredas  y atajos, que  se me ofrecen  en el itinerario como alternativas válidas, más objetivas y  eficaces pero de dudosa garantía evangélica. Por ahí no hay huellas sino denuncias del Nazareno.

Quiero estar dispuesto para que, si llega la ocasión, mis pies se coloquen sobre un trozo de madera para ser traspasados.

Quiero caminar cumpliendo el deseo que expresé en los cuarenta años de mi ordenación sacerdotal: “Que mi vida sea un pan que se sigue repartiendo hasta la última migaja y así testificar el recuerdo del Maestro”

Quiero que cuando termine el itinerario pueda decir “todo está cumplido” y ya no necesite más de los pies ni se abran más caminos porque me han dotado de alas para volar y velas para surcar el mar.


Una soledad acompañada

Una soledad acompañada
José ALonso Morales


Soy hijo único. Cuando, hace ya bastante tiempo un veintidós de Diciembre, hice el voto de celibato era consciente de los riesgos que para mí tenía iniciar un camino desenganchado de una familia de carne y sangre. Mi círculo hogareño se reducía a mis padres, que por ley de vida, morirían antes que yo. Eso me aterraba y fue uno de los elementos que en  mis decisiones  estuvo siempre como la espada de Damocles. La soledad me asechaba siempre en el horizonte. En esa época, en la ceremonia de la ordenación había un momento emocionante y fuerte en que el obispo celebrante, sentado y nosotros de pie, revestidos de blanco con el alba,  oíamos sus palabras tajantes. Después de explicar todo lo que significaba el compromiso que íbamos a asumir nos decía: “Si estáis dispuestos a esto, dad un paso hacia delante” Como cinco autómatas (éramos cinco)  avanzamos y así di el paso más decisivo de mi vida. Inmediatamente nos postramos en el suelo, boca abajo, mientras toda la comunidad reunida en la nave de la iglesia cantaba las letanías de los santos implorando fuerza para nuestra decisión tomada. Ahí pasaron por mi mente las muchas sorpresas que me podría dar la vida  ya que no sabía los caminos que se abrirían  ante mis pies después que  este  primer paso había inaugurado su inicio a mis veintitrés años. Ahora, desde el borde de mi existencia, empato con aquel momento y miro para atrás el itinerario que se inició aquella mañana. El no tener una  directa familia de sangre  me he situado en la vida un tanto a la intemperie, pero ese desierto que me ha rodeado se ha poblado de luz y de flores. Siempre he tenido claro que he renunciado a ciertas dimensiones del amor y relación pero no al cariño, a la ternura  y a la relación humana. Mi vida ha ido pasando por muchos momentos variados y diversos; lugares, personas, problemas, desfiladeros, caminos serenos, subida de montañas pero nunca me he sentido solo. He ha acompañado la ración de soledad que a todo ser humano le corresponde y que le es necesaria para su propia construcción, pero jamás me ha mordido la serpiente de la soledad malévola y aplastante.