Mis primeros pasos
José Alonso Morales
19 de Septiembre 2010.
47 aniversario de mi Primera Misa.
Estoy ahora aprendiendo a dar los
primeros pasos después de un año y dos meses en silla de ruedas o ayudado con
muletas y una pierna colgando sólo
acariciando el suelo. Me siento comenzando de nuevo a caminar. ¿Sería mi último tramo de caminata por la vida? Seguro que sí.
Con las muletas agarradas hasta los codos
y rígido de precaución voy poco a poco aprendiendo a caminar de nuevo. Se pierde, por
no practicarlo, ese arte que inicié desde los brazos de mis padres y el aplauso
de la familia. Ahora cuando comienzo a ver las cosas otra vez desde arriba, surgen en mí, evocaciones y deseos
de marcar una hoja de ruta.
Quiero que se verifiquen en mí, las
palabras de Isaías:
“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que
trae alegres noticias, del que anuncia
la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación” (Is.52,7)
Quiero caminar hacia los lugares donde
pueda consolar, escuchar, compadecer, servir,
amar y ser anuncio de ánimo y
esperanza y así realizar el deseo
del salmo: ”caminaré en presencia del Señor”
Quiero guiar mis pasos con luces que,
aunque no lo pongan todo claro, (eso es imposible), me vayan orientando y dando
pistas para yo seguir buscando por mi cuenta y madurando, también a mi edad,
por el camino de la vida.
Quiero dar mis pasos serenamente, dispuesto, pero no con
la firmeza de botas de guerra o pisadas rítmicas
de seguridades impuestas o poniendo puntos finales a todos los textos que
encuentro a mí paso.
Quiero caminar con el convencimiento de que junto a
mí, codo con codo, alguien me acompaña. He vivido, y aún lo vivo, la ayuda de
los otros y el cuidado para que no resbale ni me caiga. Deseo seguir experimentando, aunque de otra manera, la compañía
y el cariño de los amigos/a y de los hermanos/as.
No me gustaría cansarme antes de tiempo
sino que, sin resistirme al ciclo vital de mi existencia, apurar el esfuerzo
hasta el final. Si hay que caminar diez kilómetros que no me siente en los ocho
o nueve por desánimo o falta de ilusión.
Quiero poner los pies en las huellas del Galileo
que pateó los campos de su tierra detrás de los pobres, marginados y mal
vistos, ofreciendo alegría y buena noticia y así realizar el mandato que he
cantado y he sentido tantas veces: ”Ve por el mundo, dile a la gente, que el
amor de Dios no acaba, ni la voz de Dios se pierde”
Quiero ir contemplando por el camino
todas las presencias, voces, llamadas, músicas, sintiendo las chinitas que me pone
el Dios Viviente que, como la columna de nube por el desierto, está siempre
junto a mí.
Quiero tener pies de samaritano por el
camino de Jericó, de discípulo junto al mar de Galilea, de Cirineo en la subida
del Calvario o hijo pródigo que retornó al Padre.
Quiero orientarme por donde he de avanzar
y no por vericuetos, veredas y atajos,
que se me ofrecen en el itinerario como alternativas válidas,
más objetivas y eficaces pero de dudosa
garantía evangélica. Por ahí no hay huellas sino denuncias del Nazareno.
Quiero estar dispuesto para que, si llega
la ocasión, mis pies se coloquen sobre un trozo de madera para ser traspasados.
Quiero caminar cumpliendo el deseo que
expresé en los cuarenta años de mi ordenación sacerdotal: “Que mi vida sea un pan que se
sigue repartiendo hasta la última migaja y así testificar el recuerdo del
Maestro”
Quiero que cuando termine el itinerario
pueda decir “todo está cumplido” y ya no necesite más de los pies ni se
abran más caminos porque me han dotado de alas para volar y velas para surcar
el mar.