Una soledad acompañada
José ALonso Morales
Soy hijo
único. Cuando, hace ya bastante tiempo un veintidós de Diciembre, hice el voto
de celibato era consciente de los riesgos que para mí tenía iniciar un camino
desenganchado de una familia de carne y sangre. Mi círculo hogareño se reducía
a mis padres, que por ley de vida, morirían antes que yo. Eso me aterraba y fue
uno de los elementos que en mis decisiones estuvo siempre como la espada de Damocles. La
soledad me asechaba siempre en el horizonte. En esa época, en la ceremonia de
la ordenación había un momento emocionante y fuerte en que el obispo
celebrante, sentado y nosotros de pie, revestidos de blanco con el alba, oíamos sus palabras tajantes. Después de
explicar todo lo que significaba el compromiso que íbamos a asumir nos decía: “Si
estáis dispuestos a esto, dad un paso hacia delante” Como cinco
autómatas (éramos cinco) avanzamos y así
di el paso más decisivo de mi vida. Inmediatamente nos postramos en el suelo, boca
abajo, mientras toda la comunidad reunida en la nave de la iglesia cantaba las
letanías de los santos implorando fuerza para nuestra decisión tomada. Ahí
pasaron por mi mente las muchas sorpresas que me podría dar la vida ya que no sabía los caminos que se abrirían ante mis pies después que este primer paso había inaugurado su inicio a mis
veintitrés años. Ahora, desde el borde de mi existencia, empato con aquel
momento y miro para atrás el itinerario que se inició aquella mañana. El no
tener una directa familia de sangre me he situado en la vida un tanto a la
intemperie, pero ese desierto que me ha rodeado se ha poblado de luz y de
flores. Siempre he tenido claro que he renunciado a ciertas dimensiones del
amor y relación pero no al cariño, a la ternura y a la relación humana. Mi vida ha ido pasando
por muchos momentos variados y diversos; lugares, personas, problemas,
desfiladeros, caminos serenos, subida de montañas pero nunca me he sentido
solo. He ha acompañado la ración de soledad que a todo ser humano le
corresponde y que le es necesaria para su propia construcción, pero jamás me ha
mordido la serpiente de la soledad malévola y aplastante.
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