viernes, 2 de enero de 2015

Una soledad acompañada

Una soledad acompañada
José ALonso Morales


Soy hijo único. Cuando, hace ya bastante tiempo un veintidós de Diciembre, hice el voto de celibato era consciente de los riesgos que para mí tenía iniciar un camino desenganchado de una familia de carne y sangre. Mi círculo hogareño se reducía a mis padres, que por ley de vida, morirían antes que yo. Eso me aterraba y fue uno de los elementos que en  mis decisiones  estuvo siempre como la espada de Damocles. La soledad me asechaba siempre en el horizonte. En esa época, en la ceremonia de la ordenación había un momento emocionante y fuerte en que el obispo celebrante, sentado y nosotros de pie, revestidos de blanco con el alba,  oíamos sus palabras tajantes. Después de explicar todo lo que significaba el compromiso que íbamos a asumir nos decía: “Si estáis dispuestos a esto, dad un paso hacia delante” Como cinco autómatas (éramos cinco)  avanzamos y así di el paso más decisivo de mi vida. Inmediatamente nos postramos en el suelo, boca abajo, mientras toda la comunidad reunida en la nave de la iglesia cantaba las letanías de los santos implorando fuerza para nuestra decisión tomada. Ahí pasaron por mi mente las muchas sorpresas que me podría dar la vida  ya que no sabía los caminos que se abrirían  ante mis pies después que  este  primer paso había inaugurado su inicio a mis veintitrés años. Ahora, desde el borde de mi existencia, empato con aquel momento y miro para atrás el itinerario que se inició aquella mañana. El no tener una  directa familia de sangre  me he situado en la vida un tanto a la intemperie, pero ese desierto que me ha rodeado se ha poblado de luz y de flores. Siempre he tenido claro que he renunciado a ciertas dimensiones del amor y relación pero no al cariño, a la ternura  y a la relación humana. Mi vida ha ido pasando por muchos momentos variados y diversos; lugares, personas, problemas, desfiladeros, caminos serenos, subida de montañas pero nunca me he sentido solo. He ha acompañado la ración de soledad que a todo ser humano le corresponde y que le es necesaria para su propia construcción, pero jamás me ha mordido la serpiente de la soledad malévola y aplastante.

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