sábado, 13 de diciembre de 2014

Desde mi silla de ruedas


           José Alonso Morales

Durante más de un año la silla de ruedas ha sido para mí el pupitre donde he aprendido sin libros y sin apuntes. Ahí he cursado durante un  año largo una de las carreras más apasionantes de mi vida. Había estudiado Teología en el Seminario, Filosofía en varias universidades, estuve trabajando la tesis doctoral que no terminé porque elegí otras tareas en ese momento. La carrera más apasionante ha sido la cursada desde mi silla de ruedas. No tengo título, ni diploma, ni notas, como mucho, los partes médicos,  pero dentro de mí, se ha marcado una experiencia luminosa. He recorrido, despacito, un camino  largo,  chocando con las puertas, con el resto de los muebles, con los mismos libros que se caían en los lugares más inoportunos y que evocaban las dificultades que hacían crecer y madurar. Así, poco a poco, he recorrido este currículum “oculto” y este itinerario invisible lleno de competencias básicas, valores y actitudes.

He aprendido a ver el tiempo de otra manera. Ya no hay reloj. Cuando entré  en  la clínica me di cuenta que allí el ritmo del tiempo es distinto. Se olvidan los cómputos de semanas y horas y apenas se entera uno del discurrir de los días. Se olvida el ponerle nombre a las mañanas, se acabaron las prisas, la agenda repleta, el colocar cuatro actividades una tras otra. Se comienza a vivir y, así la vivo ahora, desde otra dimensión: el tiempo de la espera y la sorpresa. Las cosas no dependen de uno mismo sino de los que nos rodean, del médico, de la enfermera, de los acompañantes. Así, me he ido situando en la paciencia serena de la espera. Lección no fácil de aprender en la vida de cada día caminando con las dos piernas. Los acontecimientos llegan como sorpresa, cuando menos se esperan: las visitas que no he programado, la medicación que no he elegido, el momento de iniciar rehabilitación que no he decidido, los diferentes ritmos de recuperación que no los puedo violentar sino simplemente acoger. Así me he convencido de que no soy el dueño del tiempo. El tiempo aparece entrelazado con las personas, sus cercanías y su encuentro. Se me dijo que el tiempo tenia que ver con el movimiento de los objetos físicos y en referencia a un ahora y un después. También   aprendí que eran unos condicionamientos de nuestra propia sensibilidad, que no era exterior a nosotros  y luego se vinculó al acontecer de nuestra conciencia interior. El fluir del tiempo es algo distinto entrelazado en la relación con los otros, con los que nos rodean. Así he aprendido a ser paciente y a situarme a la espera de sorpresas en los diferentes momentos de mi vida. Siempre es posible algo  nuevo, siempre es posible un renacimiento, siempre hay una respuesta pendiente a las preguntas aun no contestadas. Se dice repetidamente en la tradición de Israel que el Mesías llega cuando menos se espera y por eso la vida y el tiempo es estar a la escucha de cualquier anuncio de buena nueva.
   
 Ha aprendido mucho de la cercanía y disponibilidad de las personas. Me he sentido servido hasta en lo más mínimo e imprescindible, en lo más básico. Con una experiencia de este tipo se caen por el suelo todas las autosuficiencias defendidas a capa y espada. Me suena lejano lo que muchos filósofos han escrito sobre la autonomía del ser humano, la no dependencia, la alergia a la heteronomía. Todo lo que he  discutido en torno a la clausura en el “sí mismo” se desmantela con este aprendizaje en la silla de ruedas. Todos somos dependientes unos de otros, somos como una red en la que los  hilos se entrelazan perfectamente. Yo he dependido de  manos tendidas, de brazos que me levantan de la silla, de los que me alcanzan los libros del estante, y al calor del dialogo, cariño y ternura  de una multitud de amigos y amigas me he sentido envuelto en la experiencia compasiva donde se genera realmente la condición humana.
   
La experiencia del dolor troquela y cincela nuestro corazón desde lo más profundo de sus raíces. Somos seres vulnerables permanentemente, y no lo asumimos como parte de nuestra masa hasta que nos  arañe en alguna parte de nuestras entrañas las uñas rígidas del sufrimiento. En esa herida sentida en propia carne o  en nuestras manos que tocan al hermano doliente, nos hacemos realmente personas morales, seres humanos, prójimos, cercanos. Asì nace la misericordia desde lo más hondo de nuestro ser y se derrite la dureza de nuestras entrañas. Esta experiencia me ha hecho sentirme responsable del dolor del mundo, no como ejecutor sino en el imperativo de responder por él desde mis posibilidades. He experimentado en mi carne el dolor  de la inactividad, la indolencia del aparcamiento en la vida, el estancamiento en paro permanente y así he comprendido la situación de tantas personas que están en las listas para un trabajo que no llega y permanecen mano sobre mano al vaivén de la imaginación de un futuro clausurado. He sentido el desarraigo de miles de gitanos que en estos días le han desmantelado sus hogares en Francia, he vivido el desgarrón de gente que pulula por nuestras ciudades con el estigma del sida casi avisando, al menos en su conciencia, el “¡soy leproso!” del relato evangélico. A mi sensibilidad le han arrancado la piel que la resguardaba para dejarla  en carne viva ante el dolor de los seres humanos.
  
He sentido cómo los acontecimientos han ido troquelando y madurando todos los rincones de mi ser. Siempre que he salido de una experiencia de dolor he vivido la sensación de que he madurado. Nunca el sufrimiento ha sido mayor de lo soportable, mi cuerpo ha ido respondiendo desde sus reservas que muchas veces no sabía ni que existían y como resultado de esa criba se han ido depositando en el fondo de mi existencia pequeñas montañas de trigo preparado para el pan.

Ha habido momentos en que se ha borrado el horizonte que circunda mi vida, se abría un vacío bajo mis pies y los  porqués se quedaban sin respuesta. Me dio mucho miedo recitar una oración que siempre me ha llegado dentro: “Padre me pongo en tus manos haz de mi lo que quieras” Ha sido muy a cuesta arriba como logré rezarla de corazón y no pasando sobre ella como de puntillas. He aprendido a fiarme del Señor que conduce mi vida, he desmantelado el espantajo que hemos construido de Dios y se me revela ahora como el Gran Pedagogo. El Jesús sanador- compasivo que andaba por los caminos de Galilea ha sido lo que ha serenado todo mi proceso. El ha hecho que las fuerzas desencadenadas en los huesos, corazón, y órganos de mi cuerpo se hayan convertido en puntos dinámicos de nueva vida. Si ahora tuviera que quitar alguna pieza del puzzle de mi historia personal no quitaría ninguna. Todas han aportado algo en el tejido de mi historia personal. He aprendido a cortar y pegar  a acoplar a dar color y hasta querer toda mi existencia.

Cuando veo mi silla de ruedas, compañera durante un año y tres meses,  a quien ya quiero como un regalo, pienso todo lo que desde ella he aprendido y  se aviva en mí  lo que siempre me enseñaron: lo que se recibe gratuitamente es para darlo gratuitamente. Esto me ha impulsado a desnudar mi alma y hacerla para todos como apuntes compartidos y así en la lectura comunicada de nuestros rincones ocultos madurar las dimensiones de nuestro corazón. 

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